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Las noches en Iguaque, un parque natural metido en las montañas de Chíquiza (Boyacá), por lo regular no tienen luna, ni estrellas. Tampoco luz eléctrica. Aunque la oscuridad es total, un grupo de campesinos recorre el lugar para reunirse en un salón de la escuela de la vereda La Hondura y alcanzar un sueño común: aprender a leer y escribir.
Como si fueran luciérnagas, atraviesan el bosque armados con cuadernos, un lápiz y una antorcha que ellos mismos fabrican con tarros y velas. Luego, se sientan en tinieblas a estudiar. Solo una vieja lámpara de gasolina, que se apaga cada tres minutos, derrota las sombras de vez en cuando. Es del profesor Mario Reyes, quien saca el combustible del tanque de su moto.
El grupo de 25 estudiantes está integrado por abuelos y padres de familia con deseos de superación. Todos se juntan en racimos de dos o tres para apaliar la temperatura, que alcanza los cinco grados centígrados bajo cero, pero sobre todo para administrar la poca luz. Hacen parte del programa Yo sí puedo, iniciativa de la Gobernación de Boyacá que es apoyada por el Gobierno de Cuba y que busca alfabetizar a 50 mil iletrados.

Escuela de la vereda La Hondura.
“Para el frío están las ruanas, la luz hace falta pero hay que sacrificarse”, dice José Javier Sáenz, uno de los alumnos. Muy cerca de él está una humilde campesina de 36 años, una de las primeras en llegar a clase. Es Flor Sáenz, que carga sus útiles en un bolsa de supermercado.
¿Qué se escribe con a?, pregunta el maestro. Flor María piensa varios segundos y contesta: “Amor”. La mujer va a estudiar con Alejandro, el mayor de sus tres hijos, quien tiene un solo propósito: escribir su nombre. No quiere volver a firmar con una equis.Y al otro lado del salón está atenta Luz Suárez, de 32 años, quien piensa que la letra con amor entra. Por eso va a clase con su esposo, Carlos Pineda: “Juntos nos motivamos más”, narra la mujer. A las 12 de la noche se termina la clase y una vez más prenden las antorchas para regresar a casa, esperanzados y animados porque están a punto de salir de la ignorancia.
“Para el frío que hace en la vereda están las ruanas. La luz eléctrica sí nos hace falta, pero hay que sacrificarse”. José Javier Sáenz, uno de los campesinos estudiantes.
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