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Fueron numerosos los hombres que realizaron con éxito expediciones a la mina, hasta que, años más tarde, ésta pasó a ser propiedad de un español, don Miguel Peralta. En 1871, su nieto, también llamado Miguel, comunicó el secreto emplazamiento de la mina a dos inmigrantes alemanes, Jacob Waltz y Jacob Weiser, que le habían salvado la vida durante una refriega que se produjo en Arizpe, en el estado mexicano de Sonora. Don Miguel contó a sus salvadores que sus antepasados habían obtenido grandes fortunas extrayendo oro de la mina; para ello -narró- tuvieron que valerse de un ejército privado de guardias y de trabajadores, suficientemente poderoso para que los apaches no se atrevieran a atacarlos. Pero en 1864 -agregó- su padre y la partida de guardianes que lo acompañaban fueron aplastados por los apaches tras una batalla que duró tres días. Quedaron pocos supervivientes que pudieran regresar a México; pero uno de los que lo consiguió llevaba consigo un mapa, en el que constaba la precisa localización de la mina.
En esa época, don Miguel carecía del dinero suficiente para organizar un nuevo ejército de guardias y mineros capaz de emprender la explotación del yacimiento a gran escala. Por lo tanto, pidió a Waltz y a Weiser que lo acompañaran, junto con un puñado de hombres: se proponía realizar una incursión por sorpresa al sitio donde el oro, guardado por los apaches, sólo esperaba ser recogido. Los dos alemanes aceptaron la propuesta; poco después, ambos, junto con don Miguel, regresaron de su aventura con una parte del oro, valorado en unos 60.000 dólares.
Antes de partir para su incursión por sorpresa, don Miguel impuso una condición: él recibiría la mitad del oro que consiguieran arrebatar a los apaches. Pero, cuando regresaron a México, don Miguel cambió de parecer y selló un nuevo acuerdo con Waltz y Weiser, por el cual los alemanes renunciaban a su parte de botín a cambio de la propiedad de la mina.
Antes de que Waltz y Weiser consiguieran regresar al yacimiento, otro hombre blanco recibió la revelación de que la mina existía. Se trataba del doctor Abraham Thome, un médico que había atendido a algunos apaches; a fin de retribuir su bondad, los indígenas le dijeron que le compensaran con un regalo consistente en oro. Si estaba dispuesto a recorrer 30 kilómetros -le dijeron-, podía llevarse tanto oro como pudiese transportar. El doctor Thome aceptó el regalo y fue conducido con los ojos vendados a un desfiladero, donde aguardaba una enorme fortuna del rico mineral. Los apaches no le mostraron la mina; pero, mientras cargaba el oro en sus alforjas, el doctor Thome tomó nota de dos puntos identificables en el paisaje circundante: los restos de un fuerte de piedras y una alta y afilada roca, llamada Aguja del Tejedor, situada a unos mil seiscientos metros al sur de donde él estaba.
La razón de la horrenda cadena de acontecimientos que ocurrió en los siguientes minutos tal vez nunca sea descubierta. Lo que sí se sabe es que mientras la torre de control verificaba la posición del jumbo de Pan Am, la aeronave holandesa se preparaba para despegar. Y mientras la aeronave estadunidense toda vía avanzaba pesadamente por la autopista principal antes de dar vuelta a una de las calles de rodaje, la aeronave de KLM soltó sus frenos, aumentó el empuje y empezó a rodar los 3.2 kilómetros de pista … derecho hacia el vuelo 1736 de Pan Am, invisible a través de la niebla.
El jet holandés ya viajaba a 240 kilómetros por hora cuando el copiloto de Pan Am Robert Braggs lo avistó por primera vez. Dijo: “Vi las luces delante de nosotros a través de la niebla. Al principio pensé que era el KLM parado al extremo de la pista. Luego me di cuenta que las luces venían hacia nosotros“. Braggs gritó: “Salga, Salga“. El capitán Grubbs gritó:”Estamos en la pista. Estamos en la pista“.
Angustiosamente despacio, Grubbs hizo que su jumbo diera un giro de 30 grados en un último intento desesperado de evitar el desastre. Pero era demasiado tarde. La aeronave de KLM viajaba demasiado rápido. No podía parar ni desviarse. La única opción para el capitán Van Zanten era tratar de levantar la nariz de su jumbo en un esfuerzo por “saltar” sobre la aerona ve e bloqueaba su ruta. Pero el capitán Van Zanten había pasado el punto de no regreso. Dos segundos después de levantarse, la aeronave holandesa se estrelló contra el jumbo estado unidense a alrededor de 250 kilómetros por hora. La nariz del jet de KLM golpeó la parte superior de la otra aeronave, arrancando el techo de la cabina del piloto y el compartimiento superior de pasajeros. Los dos gigantescos motores que pendían de las alas fueron los siguientes en golpear al avión estadounidense. Las cubiertas de los motores se incrustaron en la cabina posterior, matando a la mayoría de los pasajeros instantáneamente.
El boeing de KLM continuó su terrible viaje por en cima del avión y a lo largo de la pista, desintegrandose y explotando en miles de pedazos. Ni una sola persona a bordo del avión holandés sobrevivió. Todos los sobrevivientes del avión de Pan Am estaban sentados al frente o en el lado izquierdo, lejos del impacto. Parte del lado izquierdo del avión se desprendió en el choque, y los sobrevivientes fueron lanzados o saltaron para ponerse a salvo.
El choque ocurrió a las 5:07 p.m., pero durante los largos segundos del desastre, los controladores de tráfico aéreo no se dieron cuenta de ello. Una aeronave española que volaba sobre Tenerife irrumpió para solicitar permiso para aterrizar. La torre de control respon dió bruscamente: “Silencio en el radio, por favor. Se guiré llamando a KLM”. Pero KLM ya no existía. Era un revoltijo de restos ardientes esparcidos.
Mientras el doctor Thome se marchaba, cargado con 6000 dólares en oro, decidió que regresaría a ese sitio. Así que, un año más tarde, se llevó a algunos amigos en una expedición que intentaba localizar el desfiladero; pero Thome y sus amigos fueron ahuyentados por un terrible ataque de los apaches.
Cuando Waltz y Wesier consiguieron finalmente regresar a la región aurífera, estaban solos. Encontraron la mina usando como guía el mapa de don Miguel Peralta; inmediatamente comenzaron a excavar en una de las vetas del yacimiento. Pero cierto día Weiser se quedó solo por un rato; cuando su compañero Waltz regresó, Weiser había desaparecido. Quedaba, como testimonio de la suerte que había corrido, su camisa empapada de sangre; sus herramientas, rodeadas de flechas apaches, aparecían abandonadas en el sitio donde había trabajado por última vez. Con la mayor celeridad, Waltz cargó todo el oro que podían contener sus alforjas y se alejó de las montañas Superstition todo lo rápidamente que podía llevarle su caballo. Finalmente se instaló en Phoenix, donde vivió hasta 1891.
Pero, de manera milagrosa su socio, Weiser, no resultó muerto en el ataque de los apaches. Aunque recibió graves heridas, consiguió escapar y refugiarse en la casa de un médico, el doctor John Walker. Weiser refirió al médico todo lo que sabía del yacimiento aurífero de las montañas y le pagó su ayuda con el mapa de don Miguel Peralta. Sin embargo, Walker no hizo uso de aquel documento, que no figuraba entre sus pertenencias cuando murió en 1890.
La última vez que Waltz visitó la mina fue en el invierno de 1890. Viajó solo y regresó a Phoenix dos días más tarde, con un pequeño saco de oro. Es muy probable que haya sido el último hombre blanco que visitó el yacimiento; cuando murió, poco después, el secreto de la localización de la mina fue enterrado con él. Debido a que la gente de Phoenix creía, por el acento con que hablaba, que Waltz era nativo de Holanda, el yacimiento fue llamado desde entonces la Mina Perdida del Holandés.
Antes de morir, Waltz le contó a un amigo que el yacimiento estaba situado en una región tan intrincada, que un hombre puede estar en el mismo centro de la mina y no darse cuenta de su existencia. Narró también que la veta era enormemente rica y el metal podía ser fácilmente separado de la roca. A Weiser y a él -agregó- les bastaba golpear las rocas con sus martillos para que las pepitas del precioso metal cayeran simplemente en sus manos. La mina tenía la forma de un embudo, pero alguien había excavado un túnel a través de la ladera hacia el fondo de la mina para facilitar la extracción del oro. Waltz confesó también que cierta vez, durante una visita que él y su compañero Weiser hicieron a la mina, solos, encontraron a dos trabajadores mexicanos, antiguos miembros de una de sus expediciones, llenando sacos con oro. Los mataron a tiros.
Dos jóvenes soldados, que encontraron casualmente el yacimiento en 1880, corrieron la misma suerte que los mexicanos. Llegaron a la población mexicana de Ihnal con sus alforjas llenas de las fabulosas pepitas de oro y refirieron cómo habían hallado una mina, en forma de embudo, en las montañas Superstition. Propusieron a un lugareño que los acompañara en un viaje de regreso a la mina; para localizarla, se valieron de sus conocimientos militares: rehicieron el camino guiándose por las huellas que ellos mismos habían dejado. Algún tiempo después, sus cadáveres fueron encontrados, desnudos, en las montañas. Al principio se creyó que habían sido victimas de los apaches. Pero, al estudiar las balas encontradas en los cuerpos, se comprobó que eran idénticas a las que usaba el ejército de Estados Unidos de América.
Años después, un indio conocido con el nombre de Apache Jack relató los esfuerzos que su pueblo había realizado para mantener en secreto la existencia de la mina; esperaban frenar así el flujo de indeseables hombres blancos, que invadían su territorio en busca de riquezas. En 1882, contó Apache Jack, se les encomendó a los pieles rojas la tarea de rellenar la mina con rocas. Luego, la entrada del yacimiento fue igualmente tapada. Además, se produjo un terremoto en la región y es muy posible que el movimiento sísmico haya destruido o modificado los puntos de referencia.
Durante los años que han transcurrido desde entonces, muchas personas se han desplazado hasta las montañas Superstition en busca del oro. Ninguna de ellas consiguió su objetivo, y al menos 20 perdieron la vida en el intento. En 1931, Adolph Ruth emprendió el viaje hacia las montañas, después de comunicar a sus parientes y amigos que había comprado un mapa del camino hacia la Mina Perdida del Holandés a un miembro de la familia de don Miguel Peralta. Como tardaba en regresar, una patrulla de rescate salió en su busca: la patrulla tuvo que enfrentarse a un macabro espectáculo. A Adolp Ruth le habían dado dos tiros en la cabeza y luego lo habían degollado.
En un bolsillo de su chaqueta tenía un trozo de papel en el que figuraban escritas algunas direcciones, una frase que rezaba “alrededor de 60 metros de distancia de la cueva”, y luego la locución latina Veni, vidi, vici («llegué, vi, vencí»). Pero no había rastros del mapa que Adolph Ruth había comprado.
En 1947, se encontró en la misma región el cadáver de otro buscador de oro; pero no había ningún indicio de metal aurífero en las cercanías, y el asesino quedó impune. Quizás algún día algún explorador tenga éxito donde tantos otros han fracasado. Porque en los innumerables relatos acerca de la mina y de sus enormes filones de oro, existe una multitud de pistas sobre su localización. En 1912, dos aventureros encontraron pepitas de oro en un pastizal, en el mismo sitio donde el padre de don Miguel Peralta y sus hombres fueron brutalmente asesinados en 1864. No lejos de la Aguja del Tejedor, un punto de referencia que surge constantemente en los relatos acerca del yacimiento, existían pruebas de que muchos hombres habían hecho excavaciones. Entre los indicios de que la mina estaba cerca, figuraba una gran cantidad de sandalias mexicanas escondidas en una cueva.
Pero a pesar de todas las pistas y de todos los relatos, esa enorme acumulación de riqueza aurífera oculta bajo la tierra sigue haciendo honor a su nombre: la Mina Perdida del Holandés.
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Una historia fascinante la verdad.
Comment Por corsaria — December 16, 2006 @ 12:39 pm
A mitad del texto creo que te confundiste y por error incluiste parte de otro relato que narra un accidente aéreo.
Comment Por Horacio — January 29, 2008 @ 1:08 pm