Estafadores III …
Arthur Furguson (?-1947)
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Curioso, el americano le preguntó el precio. - Apenas ₤ 6000 libras, - replicó Furguson, - sin incluir el costo de desarme y el transporte claro. Pero eso no es lo más importante. La corona esta haciendo hincapié en que el comprador tiene que ser alguien que aprecie estos grandes monumentos de la antigua gloria de inglesa.
Furguson entonces se presentó como el encargado de hacer la venta, y explicó lo difícil y triste que era su tarea. Casi inmediatamente el americano le rogó que le ayudara a comprar el monumento. Tras hacerse el duro por un rato el vendedor accedió llamar a sus superiores para ver si aprobaban la operación, aunque no prometió nada.
El escocés volvió en minutos. El trato estaba hecho, Gran Bretaña estaba lista para aceptar el pago inmediatamente y sellar el trato sin más demora. Cheque y factura fueron intercambiados en el sitio, y el comprador recibió la dirección de la compañía que se encargaría del desmantelamiento y envío.
Furguson cobró el cheque de inmediato. El comprador se dirigió a la contratista que se encargaría de envolver el regalo más grande que le había comprado a su esposa. Pero para su sorpresa, estos se negaron a hacer el trabajo explicándole el porqué mientras aguantaban la risa. Y no fue hasta que Scotland Yard se presentó y le dijo que la venta era imposible, que el comprador cayó en cuenta que lo habían estafado.
Ese verano fue uno de los mejores en la vida de Arthur Furguson. La policía por otro lado, no la estaba pasando tan bien. Otro americano se había quejado de haber pagado ₤ 1000 por el Big Ben, y otro de que había pagado ₤ 2000 como inicial por el Palacio de Buckingham.
Como la policía empezó a cercarlo y se había dado cuenta de que su mejor clientela estaba constituida por americanos, Furguson hizo lo mejor que podía hacer, mudarse a los Estados Unidos, donde vivió de estafas menores hasta que reapareció en Washington en 1925. Año en que un ranchero millonario de Tejas se apareció en las puertas de la Casa Blanca con un camión de mudanzas, un par de días antes había alquilado la Casa Blanca a un oficial del gobierno por $100.000 anuales por 99 años. El primer año pagable a la firma del contrato.
$100.000 dólares hoy en día son una fortuna, pero en 1925 era algo astronómico, definitivamente más que suficiente para que Furguson se retirara y no volviera a trabajar un sólo día por el resto de su vida. Pero la vanidad y codicia no se lo permitieron y enseguida empezó el preparar el último y gran golpe en su corta carrera en el negocio de bienes raíces.
En menos de una hora, Lustig había cobrado los cheques, cuyos montos nunca fueron revelados, y junto a Collins tomó un tren rumbo a Viena desde donde siguió de cerca las noticias en los periódicos. Pero la estafa nunca apareció en ellos. Poisson, demasiado avergonzado por haber caído en un truco tan barato, nunca tuvo el valor de reportarla a la policía.
En esta su víctima fue un hombre de Sydney, Australia. Paseándose por el bajo Manhattan en la ciudad de Nueva York, Furguson abordó al australiano, a quien ya le había averiguado la vida y le contó como la bahía de Nueva York iba a ser ampliada en un par de años, y la Estatua de la Libertad estaba atravesada en medio del proyecto. Y como el sentimentalismo no podía ponerse en el camino del progreso, el gobierno estaba preparado para vender el monumento a cualquiera dispuesto a pagar por su desmantelamiento. Ese mismo día se cerró el trato en el pedestal de la estatua, con una fotografía de ambos dándose la mano.
De inmediato el hombre empezó a comunicarse con financistas australianos para reunir los $100.000 que el gobierno federal requería como deposito para asegurar la venta. Cuidadosamente Furguson no se movió de su lado, cuidando que no se comunicara con cualquiera que pudiera echar por tierra sus planes.
Pero las cosas no salieron tan bien como de costumbre. A los contactos del australiano les estaba costando trabajo reunir el dinero, y el estafador empezó a impacientarse y a presionar a su víctima. Esto le pareció sospechoso al comprador que solo para asegurarse fue a las autoridades con su fotografía. La policía sabía muy bien del súper vendedor de monumentos y con la ayuda del australiano, lo arrestaron mientras esperaba la transferencia desde Sydney.
Furguson fue condenado a cinco años de presidio por el delito de estafa. Una pena pequeña comparada con la fortuna que había hecho. En 1930 salió en libertad y se mudó a Los Ángeles, California, donde vivió tranquilo y sin nervios, cortesía de sus ex-clientes, hasta que murió de causas naturales en 1938.
— (vía El Nuevo Cojo Ilustrado)
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La oportunidad de Furguson sucedió en Londres, una mañana de verano de 1923. La inspiración: un ingenuo millonario norteamericano de Iowa que admiraba la





