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Los expertos tienen cara de expertos y eso los hace inconfundibles. Son personas experimentadas que experimentan lo ya experimentado hasta volverlo habitual, circunscrito, eficiente y automático; mecánico, diría Krishnamurti.
Los expertos nunca andan solos. Siempre están acompañados por novatos que aspiran a ser expertos y alguna atractiva mujer que el experto apadrina por sus dotes intelectuales especiales. Iniciados: hijos pródigos del maestro que derrocha su sapiencia, como quien no quiere y no tuviera más remedio que dejar descendencia. La huella del saber, el efecto piramidal del que está arriba, en la punta, y riega el saber hacia abajo, a los primíparos. No es la ley del gallinero, pero se le parece.
Los expertos siempre nos recuerdan que no somos expertos. Cuando el experto considera que la pregunta que alguien le formuló es poco inteligente, banal u obvia, su respuesta es sutilmente demoledora: sonrisa de conmiseración, mirada escudriñadora teñida de paternidad responsable y el enunciado en tono suave, casi hipnótico: “No, no es así… Se lo explico de una manera sencilla…”.
Los expertos caminan despacio, inclinan un poco la cabeza hacia el lado como si estuvieran absortos en el apasionante mundillo de su intrincada mente. Dicen que no quieren parecerse a los sabios griegos, pero lo intentan. Les fascinan los corredores largos y frescos de las universidades, donde se demoran exageradamente para ir de un extremo al otro.
Los expertos son muy especializados, es decir, han singularizado su ciencia hasta volverla hiperconcentrada y quizás por eso fruncen el ceño cuando la vida no coincide con sus esquemas. No hay nada menos holístico que un experto, incluso los expertos en el tema holístico.
Los expertos saben qué opinión es verdadera y cuál no, dónde se encuentra la información que vale la pena, qué gustos son los adecuados, qué hay que leer, qué hay que comer, dónde hay que ir, quién es bello, quién es feo, cómo debemos vestirnos y desvestirnos, qué películas ver, dónde invertir, qué casa comprar, en fin, gracias a Dios saben qué es lo que nos conviene.
Como es natural, a los expertos les atraen otros expertos. Las tertulias con sus iguales conforman el espacio natural de competencia donde cada quien trata de superar al otro en inteligencia o información. Estas reuniones son inescrutables, tórridas e ingeniosas: abunda la chispa, el apunte oportuno y la sagacidad actualizada.
Los expertos tienen un toque de timidez incipiente, una forma de cinismo ancestral que los hace fluctuar graciosamente entre lo impotable y lo ameno.
Los expertos siempre tienen algún galardón, premio o mención otorgada por otros expertos, que los destaca de la mayoría de los ciudadanos normales. Cuando alguien les recuerda el galardón, ellos apelan a la virtud de la modestia: o asienten con un gesto de resignación (”Es verdad, me descubrieron…”) o recurren a una forma de humildad que haría sonrojar al propio Aristóteles (”No fue nada…”).
Los expertos siempre citan a diferentes expertos famosos, que por lo general ya están muertos o a sus amigos que están vivos y que a su vez los citan a ellos. Este sistema cerrado de mutua admiración de ninguna manera es una muletilla que utilicen para sentirse más seguros, qué va, sino el rebosamiento de la ilustración, la docta en acción. El saber se desborda per se y no hay más remedio que regar cultura.
Los expertos no saben que no saben contar chistes, por lo tanto los cuentan. En general, son aburridos y con la gracia de una marmota. Pero ese aburrimiento no debe subestimarse, su tedio es considerado por ellos como existencial, elegante, erudito: reminiscencias de Schopenhauer. Aunque no hay pruebas fehacientes al respecto, se dice que los expertos suelen hablar solos en las noches de luna, usan calzoncillos a cuadros pasados de moda, retienen los estornudos y los eructos, adoran las pipas inglesas, son pésimos amantes y leen Cromos a escondidas. También se dice que cuando llegan a sus casas, en la más absoluta soledad y sin más testigos que su atiborrada conciencia, se desploman del cansancio, hastiados de saber tanto.
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